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COLOMBIA
“El camino hacia una paz justa se ha convertido en un reto aún mayor”
Paolo Moiola
16/11/2016
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Entrevista con sacerdote Antonio Bonanomi – Parte II

La segunda parte de la entrevista con el padre Antonio Bonanomi, realizada por Paolo Moiola, colaborador de Noticias Aliadas, sobre el pasado y futuro que se ha abierto con la firma del Acuerdo de Paz el 24 de agosto y el inesperado triunfo del No en el referéndum realizado el 2 de octubre, aborda la necesidad de implementar un trabajo psicológico y espiritual para las víctimas y se respete lo firmado en el texto final del Acuerdo de Paz, que reconoce los derechos y necesidades de los pueblos indígenas.

El padre Bonanomi ha vivido en Colombia casi 36 años, desde enero de 1979 hasta junio del 2014. Vivió entre enero de 1988 y junio del 2007 en Toribío, en el norte del Cauca, donde trabajó como coordinador del equipo misionero de la congregación de los Misioneros de la Consolata, hermanas misioneras de la Madre Laura y laicos locales.  Dejó el Cauca y Colombia en el 2014 por motivos de salud,  pero sigue acompañando el camino de las comunidades indigenas del Norte del Cauca a traves de las redes sociales.

Después de 52 años de conflicto interno, por fin se habla de la paz. Sin embargo, las causas económicas y sociales que condujeron a la guerra siguen en pie: concentración de la tierra, las desigualdades, la falta de salud y educación, por nombrar las principales. ¿No cree que, sin una solución concreta a esta problemática, la paz, cualquier paz, no se hará efectiva?
Es muy cierto que las causas del conflicto armado que han acompañado toda la historia de Colombia, no solo los últimos 52 años, siguen en pie, pero también es cierto que los representantes del Gobierno Nacional y las FARC [Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia], que trabajaron en Cuba para sellar el acuerdo, han examinado en profundidad las causas del conflicto y trataron de proponer soluciones. Debió haberse abierto un largo y difícil período de trabajo para implementar las reformas contenidas en el acuerdo. Hoy en día, en una Colombia más polarizada por el voto, el camino hacia una paz justa se ha convertido en un reto aún mayor.

¿Cómo se pueden reintegrar a la sociedad, a la vida civil y a la política a miles de personas que durante años han sido guerrilleros? La historia de Colombia ya muestra dos fracasos: la izquierdista Unión Patriótica, creada en 1985 y cuyos miembros fueron exterminados en pocos años, y las paramilitares Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) que pasaron a engrosar las filas del crimen organizado.
El problema es real. En los años vividos en Toribío vi las dificultades de aquellos que decidieron abandonar la guerrilla y reintegrarse al camino de su familia y su comunidad, y al mismo tiempo la dificultad de las familias y las comunidades para recibirlos de vuelta. Era evidente que había un clima de alejamiento de ambos lados. Incluso de haber triunfado el Sí no sería fácil la reinserción, porque el conflicto ha dejado un legado de odio, resentimiento y deseo de venganza. Con la victoria del No será aún más difícil. Es necesario seguir un camino de dos vías: un paciente trabajo psicológico y espiritual para la conversión de la mente y del corazón, y un proceso de formación y preparación para el trabajo concreto.

Los números de las víctimas son impresionantes. ¿Qué se le puede decir a alguien que ha perdido a un miembro de su familia, o a una persona desplazada?
Si bien consideramos que el conflicto armado terminó, sus consecuencias siguen existiendo: miles de muertos y heridos, desaparecidos y desplazados. Es una herida abierta en la memoria nacional y un mar de dolor en los corazones de muchos. En el quinto punto del acuerdo se establecen medidas destinadas a responder a esta situación. Se requerirá una acción psicológica y espiritual para el tratamiento de las heridas. Así como palabras de consuelo, necesitamos gestos concretos que ayuden a la gente a ver y construir el futuro con esperanza.

Usted habla de un trabajo en el plano psicológico y espiritual. ¿Tiene algún ejemplo concreto en mente?
El ejemplo más famoso es el de las Escuelas de Perdón y Reconciliación, fundadas por el padre Leonel Narváez Gómez, misionero de la Consolata con especializaciones en Inglaterra y EEUU. A nivel local también recuerdo el consultorio psicológico que otro misionero de la Consolata, el padre Renzo Marcolongo, abrió en San Vicente del Caguán [en el sureño departamento de Caquetá, donde se llevó cabo el infructuoso proceso de paz con las FARC entre 1998 y el 2002 durante el gobierno del expresidente Andrés Pastrana].

Usted vivió durante casi 20 años con el pueblo indígena Nasa. ¿Qué han significado estos 52 años de conflicto para los indígenas en Colombia?
Desde el principio, las FARC se ubicaron en los territorios de los pueblos indígenas, en la cordillera o en el bosque. Normalmente, la relación entre ambos fue ambigua. Por un lado había una cierta armonía porque los pueblos indígenas, así como las FARC, luchaban por la tierra y contra el Estado y el gobierno nacional. Por otro lado, había un cierto antagonismo debido a que los pueblos indígenas se consideraban a ellos mismos como los únicos propietarios legítimos de su territorio y exigían respeto a su cultura.

Los indígenas en general han aceptado la guerrilla como una aliada, pero no como su superior. Precisamente por esto en los años 80, en el norte del Cauca, los indígenas Nasa abrieron sus puertas al M-19 [Movimiento 19 de Abril, disuelto en 1990] y crearon su propio grupo guerrillero, el Quintín Lame [disuelto en 1991], en contra de las FARC, porque estos querían ser dueños de la tierra y no respetaban la cultura indígena.

Ese es el punto, Padre Bonanomi, la cultura indígena y la cultura de la guerrilla están muy alejadas la una de la otra.
Es verdad. Siempre ha habido una fuerte discrepancia entre la cultura marxista y materialista de las FARC y la cultura espiritualista de los pueblos indígenas; entre la lucha por el poder de las FARC y la lucha por la autonomía de los pueblos indígenas.

Cuando en el 2012 se iniciaron las negociaciones [entre el gobierno colombiano y las FARC] en Cuba, muchos líderes indígenas expresaron sus dudas y preocupaciones sobre el acuerdo y solicitaron ser escuchados. Afortunadamente, el texto final del acuerdo reconoce los derechos y necesidades de las minorías étnicas y, por tanto, también de los indígenas. Esto llevó a sus organizaciones y autoridades a promover el voto por el Sí en el referéndum del 2 de octubre.

Creo que el acuerdo, si llega a aplicarse, sería una oportunidad para los pueblos indígenas de Colombia en su larga lucha por la autonomía territorial, socioeconómica, política y cultural.

El 12 de noviembre, el gobierno del presidente Juan Manuel Santos  y las FARC firmaron un nuevo acuerdo, ¿qué opinión le merece esto?
Acabo de leer la noticia de la  firma de los  nuevos “Acuerdos de la  esperanza”.  Me alegra mucho  que se haya  firmado  este nuevo acuerdo. Todavia no lo he leido y por eso no puedo opinar, pero por lo que sé, creo que no ha cambiado la sustancia del primer acuerdo, aunque este nuevo acuerdo acepta unos cambios propuestos por los del NO. Más allá del primer y del segundo acuerdo, lo que más me interesa y me alegra es que el “proceso de paz” está caminando, y ya no hay reversa.  Es importante ahora a nivel nacional e internacional apoyar el proceso de paz y el proceso educativo de las conciencias al perdón, la reconciliación y la inclusión. —Noticias Aliadas


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Padre Antonio Bonanomi/Paolo Moiola
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